Mi querida Caperucita

La Tacita

Morita

 

 

 

 

 

Sonó un disparo, el ruido se expandió en la atmósfera del lugar y nadie, absolutamente nadie, lo escuchó.

 

 

 

CAPERUCITA: Mamá, hoy voy a salir, ¿me puedes dejar algo de dinero?

MADRE: ¿Te llegan tres mil?

CAPERUCITA: Pero mamá, si eso es sólo lo que me cuesta la entrada de la disco.

MADRE: Está bien, cinco mil. Pero cena algo, que después si bebes con el estómago vacío pasa lo que pasa.

CAPERUCITA: Sí mamá, no te preocupes. Bueno, me voy que quedé con Alicia y Breogán.

MADRE: Dame un beso, anda, y oye, ten cuidado, vale, que hay mucho "lobo" suelto.

CAPERUCITA: Tú tranquila, que esos no pueden conmigo. Bueno, chao.

MADRE: Adiós, hija. Y otra cosa, no llegues muy tarde que mañana tienes que ir a comer con la abuela y ya sabes las ganas que tiene de verte.

CAPERUCITA: Vale. (Y se marcha)

 

 

 

 

 

 

Aparecen Alicia y Breogán, amigos de Caperucita. Están en una cafetería tomando unas cervezas esperando a Caperucita.

CAPERUCITA: Hola chicos.

BREOGÁN: Qué guapa

ALICIA: Vaya estilismo, qué chaquetón tan bonito ¿Dónde lo compraste?

CAPERUCITA: En "La Base”.

ALICIA: El rojo te favorece, y la capucha es divina.

CAPERUCITA: Gracias, con ese comentario ya amorticé el coste.

BREOGÁN: Mejor no preguntar eso.

(Alicia cambiando de tema)

ALICIA: Oye, en la "JOY" hay fiesta, son mil quini la entrada ¿vamos?

CAPERUCITA: Yo había pensado algo mejor.

REOGÁN: Sorpréndenos.

CAPERUCITA: Unos amigos van a dar una fiesta tecno en una fábrica abandonada y estamos invitados.

ALICIA: Perfecto ¿va a haber chicos?.

CAPERUCITA: Va a haber de todo.

BREOGÁN: ¿Precio?

CAPERUCITA: Nosotros nada, uno de los pinchas fue un antiguo novio, Rolo, ¿te acuerdas de él, Breogán?

BREOGÁN: (Alegría irónica.) Ah sí, el pastillero.

CAPERUCITA: (Reprochándole su ironía.) Tú siempre tan seco.

BREOGÁN: ¿E irán sus amigos?

CAPERUCITA: Claro

BREOGÁN: (Serio.) Mejor no voy

ALICIA: ¿Qué les pasa a sus amigos? (Pregunta con curiosidad.)

CAPERUCITA: (Caperucita tajante.) Nada, no le hagas caso, igual es que  está celoso y además, tía, (Con alegría) sus amigos están buenísimos.

BREOGÁN: ¿Celoso?, (Irónico.) qué risa, ja, ja, ja. Pero paso de mamoneos.

CAPERUCITA: (Queriendo terminar con el tema.) Está bien, no vengas. Pero Alicia y yo nos lo vamos a pasar en grande ¿verdad?

ALICIA: Por supuesto, estoy deseando que llegue la hora.

CAPERUCITA: Empieza a las tres de la mañana.

ALICIA: (Seria.) Yo no puedo llegar muy tarde a casa.

CAPERUCITA: (Animándola.) No importa, yo también tengo que irme pronto, que tengo que comer en casa de mi abuela.

ALICIA: (Con ganas de fiesta.) Bueno, habrá que ir tomando un aperitivo.   Breogán, pide unos hipercubatas.

BREOGÁN: (Enfadado.) Pídelos tú, yo me voy. (Y se marcha.)

ALICIA: Joder, cómo se puso.

CAPERUCITA: Ya se le pasará. Pídeme un vodka con limón, anda.

ALICIA: Ahora mismo. (Con voz seductora.) Caperucita roja, pasional. (Y se levanta hacia la barra para pedir los cubatas.)

CAPERUCITA: (Riéndose.) Cómo eres.

 

 

 

 

Son las cinco de la madrugada. La noche es hermosa, cálida, estrellada. Luna llena. Pero también solitaria, peligrosa, interrogante.

Alicia y Caperucita llegan a la fábrica. La fiesta ha comenzado. La música se oye desde fuera, un gran número de coches están aparcados en los alrededores de la fábrica. Entran.

 

 

CAPERUCITA: Qué te dije. ¿Mola eh?

ALICIA: Ya te digo, esto se sale.

CAPERUCITA: Ven conmigo, te voy a presentar a unos amigos.

Aparecen Rolo y dos chicos. Rolo es el típico pincha egocéntrico, chulo y con aires de estrella de Hollywood. Caperucita los saluda.

CAPERUCITA: ¿Qué hay Rolo?. Te voy a presentar a una amiga. Ésta es Alicia.

ROLO: Hola. Yo soy Rolo. (Le da dos besos.)

ALICIA: Yo soy Alicia . (Los otros dos se van, saben que es la presa de Rolo.)

ROLO: Alicia, ¿te apetece tomar algo?

ALICIA: (Con una sonrisa picarona.) Claro. (En voz baja.) Sabe poco ésta.

ROLO: (Como si fuera 007.) Acompáñame

CAPERUCITA: Pásalo bien. (Le guiña el ojo a Alicia.)

ALICIA: (Devolviéndole el guiño.) No lo dudes. (Y se marchan Alicia y Rolo.)

 

En ese momento Caperucita se queda sola. Baila al ritmo de la música. De repente, entre el tumulto de gente, aparece él. Guapo, alto, delgado, tez pálida, pinchos en la cabeza, un piercing en una ceja, lentillas imitando los ojos de un lobo y unos bonitos zapatos. Se llamaba Wolf.

Caperucita lo ve, pero aparta la mirada para no ser descubierta. Vuelve a mirar buscando sus lentillas de lobo. Esta vez él también la mira, sonríe y se marcha, el tumulto de gente se lo ha tragado. Caperucita cree oportuno tomar una copa)

CAMARERO: Qué hay encanto. ¿Qué te pongo?

CAPERUCITA: ¿Qué me ofreces?

CAMARERO: Una noche de lujuria para entrar juntos en el infierno.

CAPERUCITA: Lo siento, pero no creo en la existencia del infierno.

CAMARERO: Tu mirada necesita creer en algo.

CAPERUCITA: Creo en un Martini con limón.

CAMARERO: Marchando un Martini para mojar mi limón.

           (Patética forma de ligar.)

 

Mientras espera al "gracioso" camarero, Wolf vuelve a aparecer. ¿Y a que no sabéis a dónde se dirigió? ¿ ya lo sabes? Pues sí, listilla. Pero no lo digas que el otro no lo pilló y ahora voy a contarlo. Y se aproxima a Caperucita. Ella empieza a ponerse roja y él le dedica una lobezna visual. A él le gusta.

WOLF: (Típica frase para romper el hielo.) ¿Sabes quién atiende aquí?

CAPERUCITA: (Un poco sorprendida, aunque disimula bastante bien.) Un gilipollas.

WOLF: ¿Cómo?. (Él sí que estaba cortado.)

CAPERUCITA: Un gilipollas, con carnet de guay, se cree que igual le enseño una teta . (Caperucita no pensaba muy bien lo que estaba diciendo.)

WOLF: Estupendo, a ver si tengo la suerte de que es bisexual y me pone a mí otra copa. (Ambos ríen.)

CAPERUCITA: Ahí viene.

CAMARERO: Toma tu Martini, preciosa.

WOLF: Me pones a mí otro.

CAMARERO: Si consigues que ella me dé un beso. (No se corta un pelo.)

CAPERUCITA: (Al camarero.) Es mi novio y tiene un problema (Bajando la voz y acercándose a la oreja del camarero.) Es bastante celoso y agresivo. Hazme un favor, no lo enfades.

CAMARERO: Oye tío, lo siento, no lo sabía. Ahora mismo te pongo un hipercubata. (Desaparece todo acojonado.)

WOLF: ¿Qué le dijiste?

CAPERUCITA: (Con más confianza, gracias a su amigo alcohol.) Que me iba a ir a bailar contigo y que te pusiera la copa después (Lo coge de una mano y van a bailar)

Empieza a sonar un nuevo tema. Hard tecno. La música crea un ambiente espídico, rápido, incluso agresivo. La gente baila endemoniada. Son muñecos de plastilina. No existe la rigidez. Todo es una locura. Las drogas ayudan a crear ese ambiente y Wolf tienta a Caperucita. Saca la lengua enseñando una pastilla.

 

CAPERUCITA: ¡Qué mirada tan intensa te dan esas lentillas!. (Sin parar de bailar y gritando para poder ser escuchada.)

WOLF: Es para poder mirar más allá.

CAPERUCITA: ¡Y qué piel más blanca tienes!

WOLF: Para iluminarme mejor.

CAPERUCITA: ¡ Pero qué pastilla más pequeña tienes! (Esto empieza a calentarse . ¡¡Niños dejad de leer!! )

WOLF: Pero coloca mejor.

CAPERUCITA: Y además, ¡qué lengua tan grande tienes!

WOLF: (No se lo piensa. La besa, un beso corto pero intenso, suficiente para pasarle la pastilla.) Es para besarte mejor.

 

 

 

La verdadera fiesta ha empezado. Sigue la música. Ya no hay marcha atrás. Arranca la locura. Caperucita encuentra al lobo y se ponen a bailar.

Caperucita piensa en Alicia. Wolf piensa en Caperucita. Alicia piensa en pastillas. Rolo en cómo tirarse a Alicia, y la fiesta continúa.

CAPERUCITA: Vengo ahora, voy a buscar a una amiga. (Lo besa.) No te vayas. (Wolf hace un gesto de que no se va a ir.)

Caperucita ve a Alicia apoyada en la pared. Está sola.

CAPERUCITA: Alicia, ¿qué haces aquí sola?

ALICIA: (Desesperada.) El Rolo que se quedó sin pirulas y fue a ver si mueve alguna.

CAPERUCITA: Yo me voy a ir dentro de poco. (Ilusionada.) Acabo de conocer a un chico...

ALICIA: (Con cara de aburrimiento.) Por mí no te preocupes. Rolo ya me lleva a casa. Al menos follará bien.

CAPERUCITA: No es gran cosa. Rápido, pocos juegos y la tiene pequeña.

ALICIA: Joder, me podías haber presentado a otro.(Cambiando de tema.) Pero bueno, tú pásalo bien. Ya nos veremos.

CAPERUCITA: Chao y no te pases con las drogas.

 

Caperucita vuelve junto a Wolf, él no se ha movido del sitio. Sigue bailando. Caperucita lo saca de la pista, y se lo lleva para fuera. Después de un beso, ahora sí más largo, empiezan a hablar.

CAPERUCITA: A todo esto ¿cómo te llamas?

WOLF: Un nombre... yo no tengo código de barras.

CAPERUCITA: Eso a qué viene.

WOLF: Tienes un nombre y ya estás fichado, eres uno más. Hasta los animales ya no son animales cuando tienen un nombre. Entonces, se les llama animales de compañía.

CAPERUCITA: Bonito discurso. ¿Eres entonces un animal?

WOLF: Sí, soy un lobo.

CAPERUCITA: Y yo (Se pone la capucha roja del chaquetón.) Caperucita Roja.

WOLF: Entonces voy a tener que matarte. Después de haberme comido a tu abuelita.

CAPERUCITA: El cuento esta vez no va a terminar así.

WOLF: Perfecto. Vivieron felices y comieron perdices en una paradisíaca isla griega.

CAPERUCITA: Ese final me gusta más. Pero tú no estarías incluido, porque de ser así... tú estarías muerto. (Sonrisa pícara.)

WOLF: Entonces tendré que matar a tu abuelita, enamorarme de ti, atracar un banco y marcharnos a Grecia.

CAPERUCITA: Mejor final que el anterior. Pero no el mejor. (Sonrisa más pícara que la anterior.)

 

 

 

  

 

Son las cuatro de la tarde del domingo. La abuela de Caperucita está intranquila por la tardanza de su nieta. Enciende el quinto pitillo en media hora y se sienta cerca del teléfono de su inmenso salón. Estilo clásico, cargado y hortera. Típico de una mujer madura, viuda y millonaria. Llaman al timbre. Es Caperucita. Entra en la casa.

ABUELA: Me tenías preocupada, cariño. (Dándole dos besos.)

CAPERUCITA: Lo siento, abuela. Fue una larga noche.

ABUELA: No paras, todo el día de aquí para allá. A tu edad no es bueno.

CAPERUCITA: A mi edad es cuando hay que hacerlo.

ABUELA: ¿Y de chicos qué tal?

CAPERUCITA: Ayer conocí a uno muy especial.

ABUELA: Me alegro por ti, cariño. Tomarás precauciones ¿no? (Seria.)

CAPERUCITA: Claro abuela. Cómo eres.

ABUELA: Tráelo un día a comer. Así me lo presentas.

APERUCITA: No te preocupes, abuela. Pronto lo conocerás.

ABUELA: Bueno, voy a calentar la comida. Vete poniendo la mesa, cariño.

Wolf abre la puerta. Entra. Caperucita le indica que está en la cocina. Saca el revólver. Entra en la cocina.

Sonó un disparo. El ruido se expandió en la atmósfera del lugar y nadie, absolutamente nadie, lo escuchó.

WOLF: (Nervioso.) ¡Corre coge toda la pasta y vámonos de una puta vez!  

CAPERUCITA: Ya voy. Pero cálmate

WOLF: ¿Cuánto hay? (Un silencio. Vuelve a preguntar.) ¿Cuánto hay?

CAPERUCITA: (Con alegría.) Joder, joder, joder. (Grita.) ¡Somos ricos! Será puta la condenada. Mira que guardar este tesoro en la casa. ¡Vámonos a Grecia!

WOLF: (Nervioso pero feliz.) ¡De puta madre!

 

Caperucita aparece con todo el dinero. Se besan apasionadamente. Salen. Montan en el coche. Estación de tren. Dos billetes a Grecia. Amor loco en el tren.

CAPERUCITA: ¿No te parece éste el mejor final posible del cuento?

WOLF: Por supuesto. Estoy deseando llegar a esa isla paradisíaca, vivir felices y comer perdices. Pero... ¿Estás segura de lo que estás haciendo?... (Intentándose explicar.) Quiero decir... vamos a tener una relación un poco más seria, lo dejas todo. A lo peor, un día te despiertas y te preguntas qué haces allí.

CAPERUCITA: Lo serio es aburrido. Además, somos amigos ¿Te quedan pirulas?

TELÓN

  

 

 

 

Ahora es cuando yo tengo que explicaros lo que he querido decir y la verdad. No he dicho mucho. ¿Moraleja? ¿Cuál preferís? Las drogas son malas, el dinero es malo, la ambición, la juventud actual es violenta...

Escoged vosotros mismos. Para mí no hay moraleja. Hay una pregunta y es:

¿Harías cualquier cosa por amor?.

 

 Wolf se cargó a una ancianita. ¿Y tú?.

 Nuno Chinaski

 

 


Mi querida Caperucita

La Tacita

Morita

  

    La pesadilla la había dejado nerviosa, con el miedo instalado en el estómago. Abrió el armario buscando una chaqueta, saldría a tomar el aire fuera. Pero algo estaba todavía en el armario, y era algo que no le apetecía ver. La cogió con sus dos manos y la olió. ¿Cómo había vuelto hasta allí?, ella, desde luego no había sido. Sólo mirarla se le encogía el corazón.

    Era una prenda de abrigo, no demasiado larga, aproximadamente hasta la rodilla. Se entallaba en la cintura, y caía en campana. Era de grueso fieltro, con algodón en el interior, color blanco, liso, sin ningún dibujo. Se abrochaba con una especie de corchetes, cuatro en total. Tenía además una enorme capucha, no con forma picuda, sino completamente redonda. El interior de la capucha era de un suave algodón gris.

    Ella hubiera reconocido su caperuza entre mil. Hubo un tiempo en que esa caperuza era tan suya como su orgullo, así de simple. Era su sello. Muchos la reconocieron entre multitudes por aquella caperuza, y así era más fácil. No hacía falta dar nombres: busca a la chica de la caperuza, que ella se ocupará de todo.

    Pero ahora, exiliada en el bosque, en su cabaña de estilo holandés, no quería recordar su caperucita. Aquello y la pesadilla en una sola noche era una mala señal. Una imagen venía a su cabeza una y otra vez, y por más que intentaba deshacerse de ella, así volvía la imagen cada vez más nítida. Intentó cantar, cada vez que la cara del Lobo aparecía, empezaba a cantar a la desesperada. Pero no pudo evitar los recuerdos, aquella voz déspota del Lobo. Zorra, vete a chingar a tu patria, mala puta.

   Se sentó en la cama abrazada a la caperuza, y la calidez de la tela y de la luz de la lámpara acabaron por recomponerla. La caperuza olía a colonia de bebé, con un deje de vainilla. Era evidente que su madre la había encontrado, seguramente enternecida; era obvio que ella la había aseado y devuelto al armario.

    Se recostó, apagó la luz y abrazó más fuerte la caperuza.

    El recuerdo de Pedro era casi más fuerte que el Lobo. Se acordaba de cómo llegó a Argentina, desde Ferrol. De cómo Pedro le había enseñado Buenos Aires, con su meloso acento. De cómo le había presentado a su regia familia de militares, para luego explicarle cuánto los odiaba y por qué. Juntos se hicieron activistas, y juntos celebraron la caída del partido conservador. El día que los socialistas, con los aliados de izquierdas ganaron las elecciones, Pedro la vio entre las masas; ella llevaba su caperuza. Era increíble, se durmió como una niña, con las mejillas calientes y el pulso impecable... Pedro era como recordar un día cálido cuando estás en medio de la tormenta. Una especie de antídoto.

    La mañana llegó y se fue. Y así otras dos mañanas. Y a la mañana siguiente una carta. ¿De quién?, Rebeca se negaba a creerlo. Quisiera saber quién era el que ponía en peligro su vida, más que eso... ¿Por qué?, ¿cuántas veces la habrán leído ellos?, ¿estarán ya de camino, quizá en la puerta...?

 

    Rebeca empezó a abrir la carta con violencia, el corazón le latía en las orejas, en el pecho, en la nuca.

 

Gallega,

 

¿Sabés que vos sos un mito acá?. Los estudiantes andan pintando las paredes con tus frases. Sos una mujer muy querida, pero también muy odiada... Nadie ve la hora de volver a verte, pero no todos con el mismo espíritu. Será mejor que nos vayamos bonita, en cualquier momento van y te prenden. Yo no hago más que retenerlos, vos sabés que es como parar un tanque a pedradas.

Me voy a plantar ahí de un momento a otro con unos billetes para Ferrol. Si no querés que te acompañe, decímelo desde el aeropuerto, o simplemente no me esperás.

Ya mi padre se ocupa de que nos dejen hacer, todavía se puede escapar. Un viejo amigo va intentar que así sea. Tampoco puedo jurarlo gallega.

Saca a tu familia de ahí, que yo debo estar ahora a muy pocos metros.

Sin más,

 

Pedro, que te quiere.

 

    Rebeca no sabía si reír o llorar. Pedro. Pedro. En toda su vida no había recibido ninguna carta suya. Bueno, no exactamente.

    Llevaba dos días debatiéndose entre la vida y la muerte en una celda. El Lobo se estaba ocupando de ella. La había violado, golpeado, arañado, escupido...Había asesinado al bebé. Ella se negó a decir que estaba embarazada, ni siquiera Pedro lo sabía, y ella sólo lo sospechaba. Lo comprobó empapada en sangre, después de los electrodos. El médico se lo había confirmado. El Lobo estuvo celebrándolo dos días enteros, iba de la alegría a la furia. De buena libré a la humanidad, ¿tú ves?, hasta esta mala puta se cree con derecho de vomitar un bebé. Golpe en el vientre. Risas. Caperucita, roja, yo te hago uno nuevo, no llorés...

 

    Y Caperucita, roja, estaba en su celda, encogida. La celda no le permitía estirarse, pero aún pudiendo no habría sido capaz. Ya casi había conseguido morirse cuando una carta se deslizó por debajo de la puerta. No tenía fuerza para cogerla, así que se durmió y soñó. Soñó que la carta era de Dios. Le decía que iba a ir derechita al infierno, así que no hacía falta que se muriera, porque iba a dar con sus huesos en el mismo sitio. Ya estás en el infierno, roja. Ya te has muerto, perdida.

    Pero la carta era de Pedro, o eso pensó en principio. Si te marchás de Buenos Aires, te dejan tranquila, gallega. Vos salís, que ya has cumplido tu pena, pero muy lejos de la política, muy lejos.

    La carta estaba escrita con prisa, y no dejaba traslucir ningún sentimiento. El padre de Pedro la había escrito. Por los buenos tiempos, y porque quería a su hijo, y también la había querido a ella.

    La puerta de casa se abrió despacio, y la madre de Rebeca apareció con cara de sueño.

    Traía la compra. Rebeca apenas le explicó nada, un poco mientras le preparaba la maleta a toda prisa. Te vas a casa de la abuela, preparáis todo y me esperáis allí. Nos volvemos a Ferrol. No, de vacaciones, ya volveremos. Luego hablamos, corre, y si es que no voy te llamo y te aviso.

 

    Luego preparó una maleta con su ropa. Le dolía dejar sus cosas. Los libros, que había ido comprando desde niña. Algunos dedicados, otros hasta firmados. Los cuadros de la abuela. Se sentó a esperar, con la caperuza puesta.

    Un chico de pelo negro, brillante, y ojos negros, brillantes, caminaba por el bosque, con paso rápido y seguro.

    Alguien abrió una puerta en una cabaña, en el mismo bosque. Era Jaime Huriarte, conocido como el Lobo por los criminales argentinos. Y venía ávido, hambriento de justicia.

    La mujer que estaba en la cabaña se asustó sólo con la expresión que traía. Era grotesca, estaba desfigurada.

     Pedro y su pelo negro llegaron a la cabaña, en el mismo bosque. Abrió la puerta despacio, alguien le estaba esperando.

Pero puede saberse dónde iban con tanto apuro. Miren, ¡hasta el equipaje tienen preparado!..

¡¡A callar!!.- pausa; sacó una navaja, afilada, brillante.- Vengo por la mocita. Dénmela antes que me enfade.

 

     El Lobo se acercó a la abuela, e hizo ademán de clavarle la navaja en el ojo izquierdo. Fue un gesto brusco, rápido, violento. Cogió entonces a la madre de Rebeca y le rebanó el cuello con un movimiento suave, casi sensual. Luego hizo que la abuela lamiese la navaja, se estaba tomando su tiempo.

¿Rebeca?...

 

     Rebeca se plantó de un salto en frente de él, y mientras su madre se desangraba, ella estaba abrazando a Pedro en su habitación. Sus viejos miedos eran humo, no tenían consistencia alguna. Pedro miraba y mimaba las viejas cicatrices: las muñecas maltratadas, las marcas de quemaduras, los cortes mal cicatrizados... . Su abuela estaba perdiendo la facultad de hablar en ese mismo momento. Comprendía ahora los largos silencios de Rebeca. Hasta la cabaña parecía oler a pánico, y esa sensación, el pavor, era tan fuerte como su amor por su nieta, sus ideales... casi más fuerte que ella.

    Cuando el Lobo empezó a amputarle la oreja, empezó a farfullar: Rebeca, no está acá... 

Decíme, vieja, ¿dónde?. La Caperucita va aparecer, vos lo sabés. Pero vos podés salvarte, la Caperuza roja va a aparecer de todas formas vieja. ¡¡¡Decíme!!!.

 

    La abuela Raquel empezó a mover los labios, y un ruido la frenó. La madre de Rebeca tosía, escupiendo sangre, intentaba hablar, salvar a la niña.

    Pedro y Rebeca venían de la mano por el bosque, riendo, estaban a menos de dos metros de la cabaña.

    Rebeca entró sin llamar.

 

 

 

 

 

Puta, mirá qué espectáculo bello. – El Lobo sonreía y siseaba.


    Cuando Pedro asomó la cabeza por la puerta, y entró, la expresión del Lobo cambió. Pedro había sido el anfitrión en muchas fiestas a las que el Lobo había asistido. En calidad de hijo del general Pardo. Por su culpa la zorra estaba vivita, disfrutando de la vida del campo. Por su culpa se habían escapado del país tantos otros criminales, los enemigos de la democracia. Pedro no esperó la reacción del Lobo, sacó una pistola, la agarró con sus dos manos, y disparó.

Pero el Lobo ya se había movido, y la bala no llegó a alcanzarle.

 

     De pronto, la bala quedó suspendida en el aire, como si un fantasma la estuviese sosteniendo.

     Se oyó la risa de un niño. Intensa y dulce. Pedro pensó que venía de su cabeza. Rebeca se creyó loca. La abuela imaginó que venía del bosque. El Lobo temblaba.

     La bala hizo unas piruetas en el aire, como un niño que hiciese volar un avión de plástico. Tras la última pirueta fue a dar en el vientre de un Lobo con los ojos desencajados.

     El aire se paró en seco. Una melodía, como el arrullo de una señora, se hizo sitio en la sala. Muy suave, e irreal. La navaja que antes sostenía el Lobo saltó del suelo, y fue a dar a su muslo derecho.

     Luego el Lobo empezó a sacudirse, como si emanara electricidad. Sufría. Se oyó la voz franca de un hombre. Como un eco.

     Así, durante un tiempo imposible de calcular, fueron llegando otras voces, sonidos...el Lobo parecía reconocerlos todos. Se tapaba las orejas y lloraba, mientras nuevas sacudidas y golpes lo torturaban.

     De pronto el sonido más claro.

El mar, qué bonito el mar. Risa infantil. Pausa. El niño, por favor, por favor, por favor...

 

     Rebeca reconoció su propia voz, y notó que lloraba. También notó que Pedro sudaba, ni siquiera se había dado cuenta de que le estaba agarrando la mano.

     Los ruidos habían cesado, el aire de la habitación era el de siempre. Volvía a oler a manzanilla. El Lobo estaba muerto, con la misma cara que el Jesucristo que se suele representar en la cruz. Igual de sangriento.

 

     Rebeca consiguió reaccionar al fin. Demasiado tarde, ha muerto. Ha muerto, mamá, mamá... por mi culpa. La herida del cuello se le antojaba tremendamente profunda y demasiado abierta. Alcanzaba a distinguir los tendones, escondidos entre un mar rojo y espeso. Sus ojos estaban abiertos, cansinamente. Miró a la abuela, que se debatía entre la inconsciencia y la realidad.

     Pedro le apretó más fuerte la mano justo antes de que ocurriera el milagro.

La madre de Rebeca empezó a parpadear, y a moverse como en sueños. Se llevaba las manos al cuello, como si algo allí le picase. Cuando finalmente separó las manos, Pedro emitió un sonido, como un quejido ante tanta irracionalidad. El cuello de la madre era una inmensa cicatriz, y su expresión no denotaba sorpresa. Por su parte la abuela parecía borracha por el olor a manzanilla, y este nuevo entremezclado. Como a café caliente. Pero estaba viva, despierta, y miraba a su hija y a su nieta ensimismada, rumiando una cancioncilla:... y el alma se nos llena de banderas, que avanzan, contra el miedo... venceremos, venceremos.


     Entonces el olor a manzanilla se disolvió otra vez. Olía a viento, ese viento puro y fresco de la orilla del mar. Nuestros personajes quedaron en silencio, a la espera.

     La luz empezó a cambiar, anocheció de pronto. La madre miró hacia el frente, allí no había nada, pero ella parecía, no sólo ver, sino oír algo en la pared de madera.

 

Estamos cansadas, y nos vamos.

Sí, vamos. – confirmó la abuela.

 

  Se desvanecieron. Como en un sueño, se volatilizaron, se fundieron con la luz.      Cuando volvió el olor a manzanilla allí no estaban más que Pedro y Rebeca.         Y éstos, por supuesto, vivieron felices y comieron perdices.

                                        Atenea  Elaia

 
 

Mi querida Caperucita

La Tacita

Morita

Morita

 

 

 Na rotina da vida diária dum rapaz do século XX as cousas dia a dia nom soem mudar muito. Os estudos e o intento de superaçom dos retos que impom a sociedade mais básica, requirem muito trabalho e constáncia. Todo isto pode-se plasmar numha alma solitária. A esta alma chamaremos-lhe por exemplo Alexandre. Toda a sua vida de estudos, recatamentos e sacrifícios foi cambiada dum golpe.

Um dia a sua mai, (que por isso de manter no anonimato aos protagonistas nom faremos mais que mentá-la por umha das suas práticas diárias, exercer de mai), pediu-lhe a Alexandre que fora até a casa da sua avoa a levar-lhe o que no fundo queremos todas as pessoas, um pouco de agarimo trabalhado em forma de biscoito.

Nos chamados adolescentes existe (ou isso afirmo eu) um sentimento contínuo de ánsias de liberdade que se contradiz totalmente com a realizaçom de actividades que provenhan de mandos autoritários, hierárquicos e às vezes insensíveis; ainda que esse mando seja a pessoa que mais queres no mundo. Alexandre nom nos quixo deixar sem a plasmaçom do topico, e aínda que maldizendo a todo o que se lhe vinha à mente, cumpriu esse requisito, que dos filhos é: a obediência.

           No caminho foi ordenando extrategicamente na sua cabeça todas as cousas que devia fazer: estudar: aprender todos os rios da Península Iberíca e os reis que reinárom em Espanha; fazer um comentário de texto; recolher o quarto (que objectivamente dava pena vê-lo, por umha vez a sua mai tinha razom...), ir adestrar, convencer aos seus pais de que o deixassem ir de acampada com a rapaza dos seus sonhos (ainda que ela nom saiba que el existe), dar-lhe umha malheira ao futbolim ao seu melhor amigo... e nesse ponto decidiu deixar de pensar, pois decidira que era suficiente e melhor seria, se houber algo mais, esquecê-lo.

           Neste pensar e organizar lembrou os seus tempos de meninho, no que ia todos os fins de semán à casa dos seus avós, com os que jogava ao cavalinho, ria e comia larpeiradas até sentir que lhe reventava o bandulho. A verdade é que esses anos nos que a tua maior obrigaçom é simplesmente ser feliz, pagam a pena; mas a magoa é que nom se podam repetir, e o pior de todo é que nunca valores as cousas até que deixas de tê-las... Talvez isso da velhez, com a jubilaçom, poderia ser umha segunda oportunidade que a gente recebe de ser ela mesma para viver. E ainda sendo assim; trabalhar todos os dias, primeiro estudar, logo atopar-te com um trabalho temporal e depois aceitar outro que dura uns anos até que as mans che tremem e nom és capaz de teres um pulso firme, e a espalda se che resente quando vai mal tempo e... de novo outra cruel verdade: as cousas boas nom chegam mais que quando já nom podes desfrutá-las. A verdade é que às vezes, vendo este panorama (pensava Alexandre), nom merece a pena viver. É certo, e el sabia-o, que todo depende da cor do vidro a través do qual se mire, e el sabia que estava a ser mui negativo. Mas gostava de sê-lo, cria que tinha direito a ver as cousas assim, e sabia tamém que se te pôs no pior dos casos, recebes as cousas boas muito melhor. Era umha espécie de “táctica” dessas que se pensan para fazer frente à adversidade.

           Pensando isto, atopou-se com umha pintada dessas a esprai que dicia “A vida é um sonho e os sonhos, sonhos som”. Nom estava assinada nem dirigida. Seguro que era dum tolo mais... a verdade é que se el quixer, poderia analisá-la e extrair umha conclussom mui profunda. Se todo é um sonho... pois sonhemos, que caráfio!!! Mas nom estava Alexandre para pôr-se transcendente. Bastante tinha já com a sua visom catastrofista particular...

Mas el vira essa pintada e nom pudo evitar pensar nela. E parece que mereceu a pena...

           Agora já estava todo mais claro. Aínda que só fosse para descobrir quê vinha no segundo seguinte, merecia a pena viver e deixar-se dessas parvadas do descanso e a felicidade total. Ao melhor se nom se sofre um pouco, nom saberíamos desfrutar dos anacos de felicidade...

           Com todos estes pensamentos entremezclados e apinhados na sua cabeça, Alexandre chegou à casa da sua avoa. Ali passou toda a tarde, recordando velhos tempos de quando chorava no regazo da sua avoa porque um cam lhe roera a pelota ou um neno lhe roubara as bolas... O tempo passou e quando a porçom vissível de lua estava no alto do céu, o relóxio avissou-no de que ao dia seguinte tinha exames, aulas às que acodir e cousas que fazer. Demasiadas cousas que fazer. Umha mágoa. Entre a sensaçom tam estranha que nel surgira tras ler a pintada e os intres compartidos com a sua avoa, conseguira dalgum jeito um bom humor ao que nom estava acostumado. Ainda assim, sabendo que tinha que marchar, seguiu neste estado, que el pensava que duraria, agora si, muito tempo.

           Saiu da casa da sua avoa, com um sorriso nos beizos e no coraçom. Asegurando que ia voltar. Mas esta vez de verdade, e nom porque o obrigassem, senom porque ali descobrira umhas ganas de viver que nunca antes sentira. Para a avoa as cousas eram tam claras que nom era precisso chorar por rapazas nem por suspensos. Ela era a sabiduria da experiência e da terra unidas numha soa mulher, paciente e constante; nom como um rapazinho que facia umhas horas cria que nom havia razons polas que viver.

 Dando-lhe um beijo na meixela saiu pola janela, lembrando velhos tempos. Quando era pequeno, e gozava do permisso social, gostava de fazer trasnadas assim. Choutou como fixera durante toda a sua infáncia com toda a força com a que lhe foi possivel, num intento de colher aquela estrela que desvaecia na imensidade; mas...

 

O mal das vacas tolas tivo a culpa.

 

Noutro tempo, quando o seu home ainda vivia, tivéram bastantes vacas. Daquel tempo só quedou a “Morita”, a vaca que mais queria a mulher e que já tinha um valor que sobrepassava com muito o económico. Com umha família que por ela nom sentia mais que lástima -quando menos até a última visita do moço-, essa vaca convertera-se em algo demasiado importante para ela.

Habia duas semanas que empezara a comportar-se de maneira estranha. Deixara de comer, nom respondia à chamada da dona... Todo foi mui rápido. O veterinário, logo mais veterinários, logo gente que chegava cada vez de mais longe... Até que alguém decidiu que a Morita toleara. E nem sequer morreu. Matárom-na. Logo veu a televisom, e quando tivo tempo de dar-se conta do que acabava de perder e do soa que estava, chegara o seu neto como mandado pola providência e por primeira vez em muito tempo dera-lhe o que precisava: carinho.

 

Quando morrera a Morita a mulher dera-se pressa em tirar a corte de madeira que estava adossada à casa. Sabia que nom ia ter mais vacas, e nom queria ter nada que lhe lembrasse continuamente o que lhe faltava desde que aquel maldito home decidira que a sua vaquinha querida estava tola.

 

Debaixo da janela nom estava já o aguardado telhado da corte, desde onde depois o moço tinha costume de baixar à terra firme. Nom, a corte já nom estava. E a avoa nom tivo tempo de berrar, como antes berrara pola Morita.

 

E Alexandre saltou.

 

El era um moço jovem e forte, mas a altura era grande.

 

E caiu de cabeça.

 

E esse salto, numha noite de lua minguante, rematou com os sonhos de um rapaz que agora si tinha ganas de sonhar.

 

E de viver.

 

 

                                                         Hermerico \*\

 


Mi querida Caperucita

La Tacita

Morita